Durante mis 17 años de vida me había codeado con los más prestigiosos nobles, reyes, príncipes y princesas. Tenía todos los caprichos que se me antojaban y poder sobre mas de 50 siervos.
Mi padre era el rey de un gran reino al norte de Europa, siempre ocupado con sus obligaciones, olvidó lo que verdaderamente era importante en mi educación, el cariño. Juguetes, muñecas y muchas más cosas me regalab mi padre a cambio de un día juntos. Mi madre había muerto cuando yo tenía siete años y ni siquiera en esos duros momentos tanto para él como para mi, pudo dejar de ejercer su profesión. Desde entonces la amargura y la seriedad entraron en nuestras vidas.
El egoismo era el centro de mi vida y sin darme apenas cuenta crecía un poco cada día. Siempre creí ser feliz de este modo hasta que aprendí una lección muy valiosa.
Un mes antes de mi 18º cumpleaños, los servidores de mi padre ya se estaban poniendo de acuerdo con los preparativos para la fiesta. A ella acudiría mucha gente importante (la mayoría desconocida para mi) y mucha gente procedente de todo el reino,todo tenía que ser perfecto.
A pesar de tener una apariencia muy seria y aburrida preferí no decir nada y reservar mis exigencias para los regalos.
Por fin llegó el día, tras largas horas de arreglos, me presenté en la fiesta con cierto retraso. Todo estaba muy bien organizado y me sorprendió que mi padre hubiera hecho un hueco en su tiempo para venir. Para ser sincera, me parecía que había demasiados campesinos y gente de poca clase, a los que por supuesto no me acercaba a menos de medio metro.
La fiesta transcurrió con mucha calma y normalidad, pero no entendía que mi padre se estuviera acercando a hablar con la plebe e hiciera como que le importaban sus problemas. Al finalizar la fiesta, me acerqué a mi padre para pedirle explicaciones sobre su actitud.
-Hija, 18 años es edad suficiente para que empieces a madurar, nadie vive de la apariencia ni de el egoismo, ni siquiera un rey o una princesa como tú. Si ahora tengo que mantener esta conversación contigo se perfectamente que es por mi culpa, por haberte malcriado. Yo no finjo cuando hablo con los campesinos, me preocupo por ellos y sus problemas, trato de buscarles una solución. No mucha gente puede permitirse ni la mitad de los lujos que tu tienes, asi que tienes el deber de hacer que sus vidas sean un poco más agradables ya que a tí no te cuesta practicamente nada. Siento haber pasado tan poco tiempo contigo y no haberte enseñado estos valores pero espero que ahora que eres mayor sepas asimilarlo más rápido.
Nunca antes me había hablado asi mi padre, estaba siendo sincero conmigo, y aunque sus palabras eran duras para mi me gustaba tener las cosas claras. Ahora se que preocuparse por los demás, a veces sienta mejor que unicamente pensar en uno mismo.
Andrea Gutiérrez